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por una historia que entrelaza a un hombre, su tierra
y la familia que custodia su legado.
A la mesa tenía una gran pasión por la cocina de Langa, pero sin exageraciones.
“En primer lugar –precisa Mariuccia– Luciano estaba tremendamente interesado en la cocina y era
también un buen gourmet. Recuerdo que cuando tenía que partir para un viaje de trabajo, se documentaba
detalladamente sobre la cocina de esos lugares, imaginando cómo podría maridarla con sus vinos.
Pero lo mejor era oírle contar las experiencias vividas a su regreso.
Invariablemente salía con una “crítica”. Pero para nosotros, la familia, no era una novedad”.
Muchos eran sus platos predilectos entre los de Langa, tradicionales o con alguna variante un
poco curiosa que venía de la “fantasía” de mamá Rosina.
“El ejemplo más evidente –recuerda Mariuccia– era el de los tajarin con ragú de carne, que su
madre, según la temporada, completaba con ricos puñados de guisantes del huerto, tiernos y
dulces. Con este toque un poco insólito se le quedó el sabor de la infancia y así Luciano,
durante toda su vida, siguió apreciándolo. Amaba este plato con su variante en los
almuerzos dominicales, aquí en casa, junto a la familia, sobre todo para transmitir estos
gustos a sus nietos, Alessia y Stefano. Y, maravilla de las maravillas, ahora ellos también los aman”.
Entre los platos de la tradición de Langa amaba en particular la ensalada rusa, el vitello
tonnato, pero –¡atención!– en la versión tradicional, es decir, sin mayonesa, el “vitel tané”
para entendernos.
En cuanto a los primeros platos, prefería sobre todo los r̄avior̄e der̄ plin (ravioli en femenino como
por tradición local) y las sopas –en particular la cisr̄à– o los potajes –sobre todo la
“mnestr̄a da bàte er̄ gr̄an”; y luego las salsas y los bagnet como la bàgna càda, el bagnet verd y la
sàussa do dijav.
Pero su curiosidad en la mesa también lo empujaba hacia platos de la cocina de Langa más ortodoxa
como los batsoà, l’oriòt y la finanziera. Platos difíciles de encontrar en la carta de un restaurante, pero
todavía muy apreciados en familia. Entre los segundos, prefería el conejo, que le amaba a la
ligur con aceitunas taggiasche, al vino tinto (su Barbera d’Alba) o con los
pimientos de Carmagnola.
“Como he dicho –precisa Mariuccia– Luciano era un buen gourmet, pero un desastre cocinando. No
olvidaré nunca aquella noche cuando, después del trabajo, tuve que ir al dentista. Barbara, nuestra
hija, tenía 4 años. Conociendo los límites de Luciano en la cocina, me había preocupado de dejar
la cena lista para la niña: la olla con el agua ya salada, al lado en un cuenco la
cantidad justa de pasta y también las dosis adecuadas de aceite de oliva virgen extra y de Parmigiano Reggiano
…y obviamente el colador. Al regresar a casa, estaba muy feliz porque había notado que la
niña había comido e incluso ya estaba durmiendo. Ordenando las ollas en la cocina, me di
cuenta de que el colador no se había utilizado. Le pregunté a Luciano si por casualidad lo hubiese ya
enjuagado, pero él, con toda la naturalidad del mundo, me preguntó: “Ah, ¿pero el colador para
qué servía?”. Después de esta pregunta, tuve la enésima confirmación de que Luciano en la cocina era un
<master in disaster!!>. ¡Le había dado a la niña la pasta en su agua de cocción con
el aceite y el Parmigiano! ¡Vaya sopa!”.
Al contrario, amaba muchísimo continuar algunas tradiciones de conservas que se
remontaban a los tiempos en que el frigorífico no existía o era muy raro. Por tanto se
deleitaba macerando pimientos de Carmagnola en el orujo todavía en fermentación, los
llamados “povr̄on sota r̄a ràpa”. Y luego, a finales de otoño, era obligatorio el pinzimonio con los
puerros de Cervere que Luciano maduraba en arena durante meses. Pero su “hazaña” era el vinagre
de vino, que al principio preparaba con su madre Rosina. Luego continuó la
tradición familiar preparándolo en un pequeño barril de madera junto con su hermano Luca que
hoy continúa la preciada costumbre familiar.
De joven, Luciano era muy reservado, tal vez incluso un poco tímido, y esto lo hacía parecer esquivo. Era una actitud que desorientaba y daba la sensación de que era una persona difícil de involucrar.
La vid y el viñedo tenían un lugar de privilegio en el corazón de Luciano. Y esto desde que era joven.
Pasemos al tema "deporte". No se puede decir que Luciano tuviera preferencias particulares. No era aficionado a ningún equipo, pero –si se daba el caso– veía con gusto en televisión un partido de fútbol o, mejor aún, las etapas del Giro de Italia.
La vida de Luciano estuvo salpicada de muchos momentos agradables, muchas ocasiones que lo emocionaron.
En casa, Luciano era "alérgico e intolerante" a las tareas domésticas. Amaba la acogida, el calor de la mesa, le gustaba celebrar las festividades, estar con sus seres queridos, todos juntos.
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