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Profundizaciones
Bruno Ariano es de por sí todo un personaje: extrovertido, parlanchín, envolvente: el retrato perfecto del vendedor ideal. Pero no es solo un personaje comercial. Todo lo contrario. Nacido en septiembre de 1943, poco después del armisticio, Ariano a los 15 años ya manejaba las materias relacionadas con las máquinas enológicas en la OMECC de Canelli. En pocos años, experiencia y conocimientos crecieron tanto que fundó su propio taller, la AROL. Pasados los cuarenta cambió de nuevo de papel, empezando a representar varias casas fabricantes de máquinas enológicas. También en este nuevo papel continuó su estilo de trabajo, siguiendo visitando a los clientes para identificar los problemas y resolverlos y percibir nuevas necesidades. También con Luciano fue así. Lo recuerda bien y nos habló de ello con placer.
«Con todos mis conocimientos y contactos, <mi son sempe stò mach 'n manovò> (siempre he sido solo un peón). – así comienza Bruno Ariano en su colorido dialecto piamontés de Canelli – Y eso, Luciano lo apreciaba porque quería razonar con alguien que conociera las máquinas enológicas. Y yo conocía a Luciano desde hacía tiempo, desde cuando trabajaba en la Marchesi di Barolo. Ya entonces se veía que tenía las ideas claras y quería afirmarlas».
«Luego, cuando puso en marcha su bodega, – precisa Ariano – me quiso a su lado. Él conocía el oficio y entendía que en mí podía encontrar un apoyo adecuado a sus necesidades. Y así nuestra colaboración comenzó con la compra de algunas cubas de acero y algunos barriles. Yo estaba acostumbrado a trabajar con grandes empresas que producían millones de botellas. Con los pequeños productores era diferente. No había que hacer solo discursos técnicos o comerciales. Había que hacerles reflexionar, para que no dieran pasos más largos que sus piernas y luego se encontraran en dificultades».
Retomando con su simpático dialecto de Canelli, nos recuerda cómo Luciano era «aiman come 'r bitir» (blando como la mantequilla), pero si hacías algo que no le gustaba, enfrentarse con él se volvía difícil. «Tenía un carácter decidido y quería lo que creía justo. Y tenías que doblarte en cuatro para complacerlo. Y yo lo hacía con gusto porque sabía que tenía delante a un hombre con las ideas claras y de convicción irreductible. Pero cuando todo iba bien, era todo un señor: reconocía que habías trabajado bien y te hacía sentir orgulloso».
¿Hay algún vino de Luciano que usted apreciara más que otros?
«Con Luciano nunca te equivocabas. Ya fuera Barolo o Barbera d'Alba, era siempre lo máximo. Una cosa de Luciano siempre me ha maravillado: cuando te hacía probar uno de sus vinos, era siempre un producto irreprochable en calidad, placer y elegancia».
«Recuerdo que en aquella época – Ariano concluye con asombro – no conseguía entender cómo había podido venderle maquinaria de embotellado que tenía entre mis representaciones. En estas zonas, muchos productores tenían la línea más difundida (por ejemplo, como etiquetadora muchas veces había una máquina muy popular, por entendernos). Él en cambio eligió la mía aunque todavía no era tan reconocida en el sector. ¡Luego entendí por qué! Me lo dijo él: yo era su punto de referencia, confiaba en mí, porque cuando había un problema intervenía enseguida haciendo mover también la casa de producción. Para él mi manera de actuar valía mucho. A veces discutíamos, nos enredábamos, tirábamos de la negociación por lo largo, pero cuando se tomaba la decisión, la satisfacción era de todos».
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