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por una historia que entrelaza a un hombre, su tierra
y la familia que custodia su legado.
Profundizaciones
«Era la primavera de 1978, – nos cuenta Rolf Imhof – mi mujer Trudi, su hermano René con su
novia y yo decidimos emprender un viaje a Piamonte. El destino principal era la zona del
Barolo, el vino más famoso de la región. Pero ya durante nuestra exploración el sábado de
Pascua quedamos ligeramente decepcionados por el pueblo de Barolo. No era fácil para los
turistas encontrar alguna bodega abierta y dispuesta a ofrecer degustaciones. La única que
descubrimos fue Barale. Dejamos Barolo frustrados en dirección a Alba.»
¿Y luego qué sucedió?
«De repente, a la salida del pueblo divisamos una casa con garaje y un palé de botellas
todavía sin utilizar. Nos detuvimos. ¡Se notaba que allí se producía vino! Al lado del palé
había una puerta. Después de varios intentos de llamar a los que nadie respondió, intentamos
accionar el pomo: con gran sorpresa nos dimos cuenta de que la puerta estaba abierta. Nos
encontramos en una bodega o almacén. No se veía a nadie, pero al otro lado del local había
una segunda puerta. Repetimos la misma operación y nos encontramos en un espacio al aire
libre. Allí encontramos a la familia Sandrone: Mariuccia, Luciano y Barbara ocupados con un
pincel y pintura. Estaban todos asombrados por nuestra visita inesperada. Preguntamos si
era posible degustar vino. Con cierta vacilación, se nos concedió el deseo. Se abrió la
puerta hacia el garaje y nos encontramos en la primera bodega de Luciano. Mariuccia trajo
vasos y grisines, Luciano empezó a contar sus vinos.»
¿Cómo continuó ese encuentro?
«Antes de todo nos preguntaron cómo los habíamos encontrado, ¡ya que éramos los primeros
visitantes extranjeros que llegaban a la bodega! Y luego continuamos la degustación y el
relato.»
Supongo que volvieron otras veces…
«Sí, por supuesto. En los años siguientes, ese viaje pascual se convirtió en una bellísima
tradición. De vez en cuando veníamos a Piamonte también durante el período de la trufa.
La amistad con la familia Sandrone se fue intensificando cada vez más. Llegó un momento
en que casi nos sentíamos parte de la familia. Gracias a Luciano conocimos muchos
restaurantes maravillosos, como el de Cesare Giaccone y sobre todo Massimo Camìa, con quien
forjamos una bonita amistad.»
¿Su encuentro con Luciano se prolongó en los años?
«Seguimos de cerca los desarrollos de la bodega Sandrone; Luciano nos mantenía al corriente
de las novedades y de vez en cuando nos revelaba también algún secreto. Su confianza no
conocía límites. Recuerdo que hubo un episodio particular después de nuestra enésima comida
de Pascua vivida juntos. Luciano nos mostró cómo en el Nebbiolo se podía eliminar la
presencia de residuos de color y cómo se podía producir un vino espumoso seco. El
experimento no tuvo continuación, pero en nosotros el recuerdo de ese relato ha permanecido
muy vivo. Su objetivo era siempre la evolución positiva del vino, pero en consonancia con
la tradición. El resultado se ve en todos sus vinos, desde el Dolcetto hasta el Barolo, y
sobre todo en la creación de su gran Vite Talìn, un vino que expresa perfectamente la idea
de Luciano.»
¿En conclusión?
«No es de extrañar que hoy sus vinos sean apreciados en todo el mundo, incluso en St.
Moritz a 1.800 m de altitud, donde están presentes en las listas de los restaurantes más
renombrados. Es como si desde allá arriba Luciano nos guiñara el ojo y dijera con su
humilde sonrisa: «También aquí en la montaña estoy presente». Siempre estaremos agradecidos
por ese primer encuentro y por la amistad que surgió de él. Nos ha enriquecido mucho y
nunca lo olvidaremos».
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