Capítulo 15

Los recuerdos de Andrea Alessandria

Echo de menos a ese compañero de trabajo mayor que yo que me trataba como a un igual

Nacido en 1977 en Novello donde reside, Andrea Alessandria comenzó a colaborar con Luciano en julio de 1999. El primer encuentro entre ellos tuvo lugar en la primavera de aquel año. Y fue enseguida un encuentro lleno de complicidad e implicación.

En 1999, cuando Andrea conoció a Luciano, la primera impresión fue la de tener delante a un hombre decidido, a su manera expeditivo, siempre ocupado. No se quedaba quieto ni un momento. Al principio, esa forma de ser le intimidaba. Después, tras tratarlo un poco, la impresión cambió y Luciano se volvió sociable, cautivador. Justo lo que estaba buscando.
“Tanto en el trabajo como en el tiempo libre – recuerda Andrea – Luciano nunca me hizo sentir como un empleado. Para él, yo era su colaborador. Y, además, me apasionaba por el trabajo: con él había un diálogo constante, me explicaba por qué lo haría de una determinada manera y me preguntaba si yo estaba de acuerdo. Trabajar con él era tan estimulante como una apuesta para jugar hasta el final”.
A ojos de Andrea, Luciano era sencillo y esencial: “Nunca le oí alardear de lo que había hecho en la vida. Sabía que había creado una realidad productiva importante y admirada, pero ese toque de orgullo se lo guardaba para sí mismo”.
En los últimos tiempos, a menudo bastaba con que se miraran a la cara para entenderse al vuelo y encontrar la solución a seguir.

¿Hubo algún regalo de Luciano que te hiciera especial ilusión?

“Cómo no. – responde con prontitud Andrea – Era julio de 2009 y yo me estaba preparando para mi boda. Dada la buena relación que se había creado entre nosotros, le había pedido a Luciano que fuera mi testigo. Pero, a pocos días de la boda, descubrí que se había marchado de repente a Inglaterra. Estaba preocupado. Temía que no llegara a tiempo para la ceremonia. Por eso les pedía a menudo a Luca y a Barbara que me tranquilizaran al respecto. Ambos me daban seguridad. Luego, un par de días antes de la boda, recibí una llamada telefónica del propio Luciano, en la que me decía que estaba bloqueado en Londres y que temía no regresar a tiempo para la boda”.
Andrea estaba preocupado y así – tras la enésima petición de confirmación a Barbara y a Luca – había comprendido que la situación no era fácil: Luciano podría no volver a tiempo. Pero Luca le tranquilizó: “Si Luciano no llega a tiempo, yo seré tu testigo”.
“El primero de agosto, el día de la boda, - recuerda Andrea – apenas terminada la función religiosa, estábamos en el atrio de la iglesia con mi esposa y los invitados celebrando. De repente, apareció en el cielo un pequeño avión, un ultraligero que revoloteaba sobre la iglesia. Poco a poco el bimotor bajaba y en un cierto punto desde aquel aparato empezaron a caer sobre nosotros flores, caramelos y otros objetos festivos. Comprendí que Luciano estaba en ese pequeño avión. Pilotaba el bimotor y lanzaba flores y caramelos sobre nuestra boda. Nada de viaje a Inglaterra. Luciano había tramado aquella puesta en escena para celebrar mi boda de la forma más inesperada”.
Andrea sabía que a Luciano le apasionaba volar y que estaba aprendiendo a pilotar esas pequeñas avionetas y a sacarse la licencia de piloto. Pero nunca habría pensado que Luciano pudiera usar su pasión para darle una sorpresa tan bonita a él y a su familia.

¿Con Luciano trabajabas sobre todo en la bodega o también en la viña?

“Hay que hacer una premisa; – precisa Andrea – Luciano amaba mucho su trabajo, pero si hubiera podido elegir entre la viña y la bodega, habría preferido sin duda la primera. La viña era su ambiente ideal, allí se sentía realizado, sobre todo por la conexión estrecha que había con la naturaleza. Conocía sus viñas una a una y las sabía interpretar bien. Le encantaban trabajos como la poda y el atado, pero también la poda en verde no le disgustaba. A partir de 2006-2007 su presencia en la viña se hizo un poco más escasa. Tenía muchos otros compromisos y no solo en la bodega. Pero esta limitación le entristecía. Echaba de menos esos momentos al aire libre y en medio de la naturaleza”.

¿Recuerdas alguna expresión de Luciano que se haya hecho proverbial?

Andrea se pone serio y retoma el relato: “En los últimos años, la salud le ponía en dificultades. Recuerdo una reflexión suya emblemática: «Desde luego, en esta empresa hemos pasado fatigas...». Para mí fue el mayor reconocimiento. Valió más que cualquier finiquito...”.
Pero eso no es todo. Andrea continúa: “Luciano estaba tan involucrado en su trabajo que cada año – de cara a la vendimia – le gustaba decir: «¡¡¡Ya llega la fiesta de la vendimia!!!». Realmente era así. Cada vez, en ese periodo nos esforzábamos mucho, trabajábamos siete días a la semana durante un par de meses, pero aun así era una fiesta. Y no solo porque traíamos a casa los frutos de un año de trabajo, sino porque cada vez creábamos algo irrepetible”.
No había ocasión de trabajo en la que Luciano no mantuviera una actitud positiva. Quizás le costaba mucho esfuerzo, pero afrontaba cada situación con una actitud constructiva. “Piensa que cada vez, – precisa Andrea – antes de llamar o consultar al técnico o al mecánico de turno, Luciano prefería verlo claro. Se ponía a ello y, con mucha paciencia, desmontaba la pieza o la máquina afectada por la avería e intentaba entender algo más. Solo en ese momento llamaba al técnico. Así ya sabía dónde estaba el problema. En aquellas ocasiones, me decía: «Si el trabajo lo hacemos nosotros, siempre es mejor...». ¿Cómo quitarle la razón?”.
Consideración adicional: “Desde que Luciano ya no está, a menudo me siento desorientado. Echo de menos a ese compañero de trabajo mayor que yo que me trataba como a un igual. Cada vez me asombro al considerar cuánto trabajo hacía y me entristezco al pensar que todos sus conocimientos se han ido con él”.

Una última cosa: ¿hay algún vino de Luciano que te sorprenda cuando lo pruebas?

“De todos sus vinos – precisa Andrea – siempre me fascina el Nebbiolo d’Alba Valmaggiore. Llevo tiempo trabajando con los Nebbiolos de Barolo, pero el encuentro con el Roero me ha revelado una realidad particular, a su manera diferente. Sigue siendo un Nebbiolo, pero ese Valmaggiore me revela una delicadeza que no hay en otros lugares, ni en el Barolo ni siquiera en el Barbaresco. Y además, con el esfuerzo que se hace cada día para cultivar esa viña, la copa de Valmaggiore con su elegancia me tranquiliza cada vez, me emociona y me gratifica. No es un Barolo, pero vale la pena conocerlo”.

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