Descarga el libro en PDF y déjate guiar
por una historia que entrelaza a un hombre, su tierra
y la familia que custodia su legado.
La vid y el viñedo tenían un lugar de privilegio en el corazón de Luciano. Y esto desde que
era joven. “Tenía un sueño en el cajón: –nos revela Mariuccia– hacer el vino como a él le
gustaba. Era un <hombre del viñedo>, pero no de un viñedo cualquiera. Lo decía siempre con
orgullo: <El gran vino se hace en el viñedo>, cuidando las vides, acompañándolas cuando están en
dificultad, secundándolas en los momentos de desarrollo y en los de reposo, ejecutando los
trabajos sin excederse nunca”.
No había otros cultivos que le interesaran, ni siquiera el huerto. Es más, de joven
la idea de cultivar el huerto le molestaba. Con la llegada del COVID y la sucesión de los
“confinamientos”, al haber vivido de niño la posguerra, tenía miedo de no ser capaz
de alimentar a su familia y a las familias de sus colaboradores… “Recuerdo que –precisa
Mariuccia– cedió y plantó tomates de todo tipo, judías verdes, calabacines, zanahorias
y verduras de hoja grande… Pero en definitiva era una frustración continua… No salían
nunca como él quería. En resumen, entre él y el huerto no había mucha sintonía”.
“Pero no solo eso; –continúa Mariuccia– ¡en el viñedo solo quería vides de vino! ¡Ay de quien
le pidiera plantar alguna vid de uva de mesa…! Pero ya se sabe, «el hierro es duro, pero el
fuego lo ablanda» y así también él, poco a poco, cambió de opinión. Por otro lado,
en nuestras colinas siempre ha existido la tradición de tener un poco de
biodiversidad en los viñedos. Hasta los años cincuenta del siglo XX, entre una hilera y otra
se sembraban habas, guisantes, garbanzos y almendrucos, incluso también trigo. Y,
luego, aquí y allá a lo largo de las hileras de los viñedos, también había árboles frutales.
Incluso en los viñedos adquiridos por Luciano era así y, por tanto, en las distintas estaciones
siempre hemos tenido fruta en abundancia…”.
De joven, Luciano era muy reservado, tal vez incluso un poco tímido, y esto lo hacía parecer esquivo. Era una actitud que desorientaba y daba la sensación de que era una persona difícil de involucrar.
A la mesa tenía una gran pasión por la cocina de Langa, pero sin exageraciones.
Pasemos al tema "deporte". No se puede decir que Luciano tuviera preferencias particulares. No era aficionado a ningún equipo, pero –si se daba el caso– veía con gusto en televisión un partido de fútbol o, mejor aún, las etapas del Giro de Italia.
La vida de Luciano estuvo salpicada de muchos momentos agradables, muchas ocasiones que lo emocionaron.
En casa, Luciano era "alérgico e intolerante" a las tareas domésticas. Amaba la acogida, el calor de la mesa, le gustaba celebrar las festividades, estar con sus seres queridos, todos juntos.
Descarga el libro en PDF y déjate guiar
por una historia que entrelaza a un hombre, su tierra
y la familia que custodia su legado.