Profundizaciones

El recuerdo de Fulvio Prandi

Luciano era como una esponja: absorbía todo lo que veía

Nacido en 1954 en Alba, donde reside todavía en el centro histórico de la ciudad, Fulvio Prandi está muy vinculado a la viticultura de las colinas circundantes, tanto como enólogo como empresario en el suministro de equipos y maquinaria enológica. Fue durante años fiduciario de la Conducta albanesa de Slow Food. Su relación con Luciano fue muy estrecha y se prolongó en el tiempo.

«Lo he pensado muchas veces, – comienza Fulvio Prandi – pero nunca he comprendido si entre nosotros prevaleció la amistad o el vínculo del trabajo. En cualquier caso, fue un vínculo intenso, que nos dio satisfacción. Recuerdo el primer encuentro con Luciano en la Marchesi di Barolo en los años ochenta. Lo recuerdo en esa gran bodega con su delantal azul al estilo del vigneron de Borgoña, una manera de vestir que lo caracterizó durante toda su vida».
¿Hay algún recuerdo de aquellos años ochenta que te haya quedado en el corazón?
«Era mediados de esa década – cuenta Fulvio – y, con Luciano y Roberto Vezza (en aquel entonces enólogo de la Marchesi di Barolo), habíamos planeado ir a Borgoña. Conocía el vínculo profundo que Luciano tenía con esa región y por eso intenté organizar ese viaje de la mejor manera posible. Incluso conseguí que nos recibieran en la Romanée-Contì, el dominio más conocido y admirado de esa zona. Ya entonces notamos que Borgoña era frecuentada por muchos aficionados al vino venidos de todo el mundo. Volvimos a casa con un sentimiento de envidia, pero nos consolamos pensando que aún teníamos mucho trabajo por hacer».
¿Qué te impresionó de Luciano durante ese viaje?
«Me di cuenta enseguida de que era muy atento. Había comprendido que en esas bodegas se trabajaba de manera rigurosa y avanzada. Luciano era como una esponja: absorbía todo lo que veía y lo convertía en su bagaje profesional. Obviamente lo hacía para la empresa donde trabajaba, pero en perspectiva también lo hacía para sí mismo, para ese proyecto de una bodega enteramente suya que ya llevaba en mente».
¿En qué se convirtió, después, en su camino?
«Luciano para mí – recuerda Fulvio – siempre fue un «sapiente» en el significado más amplio del término; conocía a fondo su trabajo y si algo no le quedaba claro hacía todo lo posible para entenderlo mejor. En muchos aspectos de su trabajo podríamos definirlo conservador, en otros innovador. Pero era así de manera natural, sin forzamientos».
Según tú, ¿cómo era su relación con las Langhe y el Roero?
«Ante todo – precisa Fulvio – era un intérprete concreto de las tradiciones de la viticultura que conocía bien y que compartía por ese vínculo fuerte que tenía con el territorio. Luciano, además, conocía a fondo las vicisitudes de Barolo y del Barolo, conocía la Langa y el Roero y su decisión de invertir en Valmaggiore en el Roero de Vezza d'Alba es sintomática».
¿Hay alguna actitud de Luciano que siempre te haya impresionado?
«Desde luego. Luciano – observa Fulvio – sabía muy bien que el papel de la prensa especializada era importante en la creación de la imagen de una empresa. Pero nunca la persiguió porque nunca buscó visibilidad. Estaba convencido de que si un vino valía se afirmaría con el trabajo y el compromiso, sin atajos».
¿Hay algún vino de Luciano que siempre te haya fascinado?
«Sería fácil decir Barolo. Mi corazón siempre ha latido por su Dolcetto d'Alba, elegante, inmediato, de una franqueza absoluta que hace prevalecer la variedad de uva y el territorio frente a las expectativas del mercado. Antes que a los demás, cada uno de sus vinos tenía que gustarle a él mismo».

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