Capítulo 16

Los recuerdos de Mario Ronco

Luciano, el deseo incontenible de superarse

De origen y residencia en el Monferrato (vive en Moncalvo, en la provincia de Asti), Mario Ronco es el enólogo de la Cantina Luciano Sandrone. Tras ocho años de valiosas experiencias profesionales, en 1998 Ronco comenzó a colaborar con Luciano Sandrone y con su hermano Luca, del que había sido compañero de clase en el Instituto Técnico Enológico Umberto I de Alba.

"Conocí a Luciano – comienza Mario Ronco – en 1998, cuando llegué a su empresa como enólogo consultor. De él sabía de la pasión por el Barolo y del deseo de producirlo con una calidad absoluta gracias a los diálogos que había tenido con su hermano Luca, que había sido mi compañero de clase en la Escuela Enológica. En persona, sin embargo, nunca lo había conocido. Cuando nos conocimos, vi en él a un hombre dinámico y atento a las opiniones de los demás. Tenía sus propias ideas, sabía cómo comportarse en las situaciones productivas más variadas, pero también quería conocer la solución que quien estaba a su lado podía proponerle. Por eso, Luciano te daba confianza, te escuchaba, no hacía distinciones por edad o por rango. Estaba dispuesto y disponible para confrontarse con todos. Pero luego te ponía a prueba".

¿Qué te dejó más impresionado de su carácter y su forma de ser?

"Luciano era una persona muy educada y sensata. Pero al mismo tiempo era directo y decidido en su forma de actuar y en la relación con los demás, y por esta razón podía también parecer brusco. Cierto, exigía, pero lo hacía de la manera correcta, valorando a las personas y reconociendo los méritos de cada uno. Esta forma de ser siempre me ha gustado mucho".

En tu faceta de consultor has tratado y te has confrontado con muchos productores. ¿Qué fue lo que más apreciaste de Luciano desde el punto de vista profesional?

"Lo que siempre me ha fascinado era su deseo incontenible de superarse. Por naturaleza era muy curioso, pero ese deseo de saber y entender no era un fin en sí mismo, sino que estaba orientado a mejorar su trabajo en la viña y en la bodega. No se conformaba con lo que le contaban o con las apariencias. Quería verificarlo por sí mismo. Por eso hicimos muchos viajes juntos, sobre todo orientados a comprender cómo se trabajaba en las grandes zonas vitivinícolas del mundo y luego actuar en consecuencia. Fuimos muchas veces a Francia, en particular a las regiones más organizadas como Borgoña, Burdeos, Alsacia y Champaña; y luego en la Ribera del Duero en España, en Israel, en Líbano, en Georgia, Hungría, Oporto, el Mosela, sin descuidar las mejores realidades vitivinícolas italianas".

¿Algún recuerdo de estos viajes tan exploratorios?

"Te podría contar mil situaciones, pero me limito a la que para mí ha quedado como la más emblemática: era el año 2008 y el mundo de la vid y el vino a nivel europeo había tenido que afrontar una difícil situación fitosanitaria. Queriendo entender cómo estaba la situación en Borgoña, Luciano quiso comprobarlo de primera mano. Así, una mañana de aquel septiembre partimos muy temprano y fuimos a Borgoña. De esta manera, comprendimos cómo también en Borgoña los problemas fitosanitarios habían sido graves y cómo los productores de aquella región habían trabajado para mantener bajo control esas situaciones tan negativas. En las comparaciones con productores de otras zonas, siempre me impresionó la apertura mental de Luciano. En cada lugar, buscaba ideas para superarse. Incluso en zonas vitivinícolas sin correlación directa con sus vinos. Me explico: para un productor de Barolo es obvio estudiar los tintos de Borgoña; en cambio, puede parecer más difícil aprender algo del Mosela o de Hungría. Significa mirar el mundo del vino desde un ángulo diferente. Por tanto, cada vez Luciano evaluaba las operaciones de bodega o de viñedo intentando comprender si había alguna que también se pudiera aplicar en la Langa".

Sé que Luciano también era curioso en la mesa y atento a la cocina de otros territorios…

"En nuestros viajes por el mundo del vino, Luciano siempre mostró una gran atención por las distintas cocinas que encontrábamos. Quizás dormíamos en sitios sencillos y sin pretensiones, pero para comer siempre hicimos descubrimientos interesantes. Ya fueran establecimientos con estrellas Michelin o bien valorados, ya fueran lugares desconocidos para la mayoría pero donde la cocina del territorio tenía una bella interpretación. No sé cómo los descubría, pero también en esto su curiosidad era tal que siempre te reservaba sorpresas".

¿Y cómo traducía en concreto en su trabajo ese deseo infinito de superarse?

"No había secretos ni recetas milagrosas. Juntos hicimos una infinidad de pruebas y comprobaciones tanto en el viñedo como en la bodega. El objetivo era siempre el mismo: encontrar la solución más adecuada para mejorar la calidad y el placer del vino. En él no había la frenética necesidad de destacar, sino solo ese sano deseo de superarse e incrementar la calidad del producto final. Tener dudas, decía, al final hace crecer. ¿Cómo no darle la razón?".

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