Capítulo 6
En la historia de cada vino ha habido añadas que podríamos definir como "históricas" o incluso "estratégicas". Son las vendimias en las que las condiciones meteorológicas y una serie de otros factores ambientales han acompañado con tal eficacia el ciclo vegetativo y productivo de la vid que han dado como resultado una uva y un vino de caracteres superlativos: añadas y vinos, en estos casos, se recuerdan a lo largo del tiempo como memorables.
Este "milagro de la naturaleza" es particularmente evidente en las latitudes del Piamonte, donde las colinas de viñedos se ven influenciadas cada año por un clima que podemos definir como "frío-templado", la única situación climática capaz de dar origen a los "vinos frutales". Uno se pregunta espontáneamente cómo es el clima "frío-templado" y qué caracteriza a los "vinos frutales".
No hace falta mucho para explicarlo. El clima "frío-templado" –también llamado "continental"– es aquel que cada año está formado por un cóctel variado de elementos atmosféricos y donde nunca el sol y el calor prevalecen sobre el resto de las manifestaciones meteorológicas. Y esto a pesar de que últimamente el llamado "cambio climático" ha mezclado un poco las cartas, cuestionando parcialmente las certezas de antaño.
Las colinas piamontesas (no solo las de Langa y Roero) se encuentran en el centro de una franja territorial que recorre Europa desde el oeste (Portugal) hasta el extremo este (Hungría, Rumanía, Ucrania, etc.). Las condiciones climáticas particularmente favorables para la vid se generan dentro de dicha franja (en particular en lo que respecta al Piamonte) por la presencia de cadenas montañosas (los Apeninos Ligures y los Alpes Marítimos) que con sus baluartes naturales protegen estas colinas de la influencia del clima mediterráneo, donde el sol y el calor son denominadores comunes prevalentes.
En esta franja de territorio de clima "continental" se producen los "vinos frutales", que poseen dos caracteres de inmenso valor:
En el mundo del Barolo, las añadas memorables no son muchas, tres o cuatro cada diez años, con una mayor frecuencia en los últimos periodos en comparación con un pasado menos generoso. Partiendo de los años cuarenta del siglo XX, podríamos indicar como "históricas" las siguientes añadas: 1947, 1957, 1958, 1961, 1964, 1970, 1971, 1978, 1982, 1985, 1989, 1990, 1996, 1997, 1999, 2000, 2001, 2004, 2008, 2009, 2013, 2016, 2019 y 2021.
Luciano Sandrone, por su parte, siempre ha revelado una especial predilección por la añada 1990. Las razones se sintetizan en sus propias palabras:
"Siempre he amado de manera especial la añada 1990 del Barolo. No fue el año de mi debut como productor de vino, pero ciertamente fue la añada que por primera vez consagró la gran calidad de nuestros vinos. Recuerdo bien la alternancia climática de aquel año: pocas nevadas durante los meses de invierno, un comportamiento inestable durante la primavera y, después, una decidida tendencia al calor en el verano, con algunas tormentas muy útiles para refrescar y aportar un poco de reserva hídrica a favor de las plantas. La maduración de las uvas, por lo tanto, se desarrolló de manera perfecta y uniforme, con un nivel elevado de estructura azucarina y luego alcohólica. En particular, las uvas Nebbiolo para Barolo maduraron en condiciones atmosféricas estables, con fuertes oscilaciones térmicas entre el día y la noche y regalaron vinos de gran amplitud: colores intensos y tenaces, aromas amplios y completos, sabores plenos y ricos".
"Recuerdo, además, –continúa Luciano con renovado entusiasmo– que cuando el Barolo 1990 había concluido su tiempo de maduración y afinamiento, prácticamente en 1994, Marc De Grazia acompañó a Langa a Robert Parker, el editor de una publicación sobre vinos muy importante y muy seguida en los mercados anglosajones, “The Wine Advocate”. En su recorrido por las bodegas de Langa, Parker también fue nuestro huésped y degustó nuestro Barolo Cannubi Boschis 1990, además del de muchos otros productores. El resultado concreto fue una lluvia de puntuaciones altísimas que Parker atribuyó a estos vinos: incluso recuerdo con orgullo que a nuestro Barolo Cannubi Boschis le asignó una puntuación muy elevada".
Este éxito desencadenó un enorme interés por parte de muchísimos compradores –tanto privados como profesionales– sobre todo en los Estados Unidos de América. El resultado fue un repunte vertiginoso de las ventas y, en consecuencia, de los precios.
El efecto sobre la imagen y sobre la identidad del Barolo en su globalidad, además de sobre la producción de la bodega individual, fue tan relevante que incluso las añadas posteriores (entre 1991 y 1994) –mucho menos grandiosas en amplitud de aromas, estructura sápi-da y longevidad– se beneficiaron enormemente de ello. En Casa Sandrone, los efectos positivos se vieron tanto en el Barolo de viñedo único (Cannubi Boschis) como en el de ensamblaje (Le Vigne).
Entre finales de los años ochenta y principios de los noventa, se consolidó en el mundo del vino una nueva realidad asociativa destinada a influir en el desarrollo posterior del mundo enogastronómico.
La historia de Valmaggiore, la colina con forma de anfiteatro que ocupa una de las zonas más al suroeste del pueblo de Vezza d'Alba, en el Roero.
El crecimiento gradual de los viñedos cultivados con Nebbiolo y con las otras dos variedades autóctonas más difundidas (Dolcetto y Barbera) estaba generando también un incremento del vino y de las botellas producidas.