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por una historia que entrelaza a un hombre, su tierra
y la familia que custodia su legado.
Mientras tanto, en 1966, concretamente el 23 de abril,
se promulgaba el decreto del Presidente de la República Giuseppe Saragat que
reconocía la DOC (Denominazione di Origine Controllata, Denominación de Origen
Controlada) al Barolo. Enseguida quedó claro que sería un paso importante. Por fin,
tras la parcial experiencia coincidente con el reconocimiento del Barolo como Vino
Típico de Calidad ocurrido en el lejano año de 1933, la calidad del origen y los
preciados caracteres del Barolo quedaban sancionados oficialmente. La ley que
establecía dichas Denominaciones era solo de 1963, la n.º 930, pero había estimulado
a las zonas y a los distintos protagonistas por toda Italia a aprovechar esa
oportunidad de protección y valorización.
A partir de aquella fecha, la zona del Barolo empezó a bullir de
actividades e iniciativas encaminadas, por un lado, a organizar eficazmente
la estructura del sector y el mecanismo de control de la calidad y el origen y,
por otro, a valorizar de modo concreto las producciones vitícolas y enológicas
obtenidas de las colinas de aquellos once municipios de las Langhe, a la derecha
del río Tanaro, con el municipio de Barolo a la cabeza.
Mientras tanto, en la Marchesi di Barolo, Luciano seguía comportándose igual
que cuando estaba en la Giacomo Borgogno. La "Marchesi" era una empresa más
grande y también más estructurada, pero también en la nueva función tenía que
saber hacer un poco de todo.
Pasaba la mayor parte del tiempo en la bodega, pero igualmente seguía
frecuentando con gusto los viñedos y casi siempre iba con el Cav. Felice
Scarzello. Para ambos el viñedo era el espacio predilecto, y esta fuerte
pasión por el viñedo los contagió mutuamente y fortaleció cada vez más
su sinergia.
La nostalgia de Luciano es grande al recordar aquellos años: "A principios
de junio, el Cav. Scarzello me preguntaba casi cada día en qué punto estaba
la floración del Nebbiolo, qué perspectivas ofrecía el viñedo pensando también
en los vinos que se podrían obtener".
Luego se pone serio y vuelve a pensar en el trabajo en la bodega: "Entre
aquellos toneles pasé los primeros cuatro años de trabajo junto a Pinòto
Scarzello. La colaboración con él resultó ser valiosa: era metódico, minucioso
y sobre todo no era celoso de sus conocimientos. Por eso me enseñaba y yo
aprendía, intentando poner en práctica sus consejos. Así el paso de la Borgogno
a la Opera Pia (como se llamaba familiarmente a la Marchesi di Barolo en
recuerdo de su pasado) no me creó ningún problema".
Por otro lado, en la nueva empresa —más grande y más estructurada— trabajaban
muchas personas, y también las perspectivas de crecimiento y carrera le parecían
más prometedoras. Sobre todo, trabó nuevas amistades, en particular las
de Carlo Capra y Mario Corino.
Así tuvo tiempo y oportunidad de adquirir práctica y de tomar las riendas de
la situación. El papel del bodeguero era entonces estratégico.
El enólogo tenía su función organizativa y orientadora, pero la actividad de
quien ejecutaba los trabajos y pasaba todo el tiempo en contacto con los vinos
en lenta evolución resultaba extraordinariamente importante.
En la Marchesi di Barolo, el enólogo de aquellos años era Sergio Sandri: llegado
joven a la empresa, justo después del enólogo Paschina, permanecería allí hasta
los años setenta. En los últimos tiempos, sin embargo, la empresa empezaba a
imaginarse para sí misma un papel estratégico y de primer plano en el mundo del
Barolo y del vino de Alba. Por ello, Piero Scarzello —que entre tanto había tomado
el relevo del Cav. Felice en la presidencia de la bodega— había pedido apoyo
técnico-organizativo al enólogo Renato Ratti, figura destacada del entorno
vitivinícola piamontés, con una larga experiencia en el mundo del vino.
A este respecto, los recuerdos de Luciano vuelven puntuales: "De vez en cuando
veía llegar a Renato Ratti a la bodega, recorrer sus instalaciones, reunirse con
los propietarios. Escuchaba también sus razonamientos sobre el desarrollo futuro.
La consultoría de Renato Ratti, por lo que pude entender, fue esencial no solo
para mejorar la situación inmediata, sino también para reflexionar sobre una nueva
figura técnica capaz de acompañar a la Marchesi di Barolo en su desarrollo
futuro".
Y en efecto los resultados no tardaron. Es cierto que hubo aún un breve periodo
intermedio en el que la empresa contó con otro apoyo técnico, el del enólogo
Palladino, pero pronto llegó la solución definitiva, la prefigurada por el
trabajo de Renato Ratti.
Y así fue como se incorporó como responsable técnico de la empresa un joven
enólogo de Gallo Grinzane, Roberto Vezza, que luego resultaría
ser "la persona adecuada en el puesto adecuado", permaneciendo muchos años en
la empresa y propiciando y acompañando el desarrollo definitivo de la
Marchesi di Barolo.
Entre Roberto Vezza y Luciano se estableció enseguida una relación de
plena confianza y colaboración, que se prolongó durante mucho tiempo
y que permitió a la empresa crecer sobre bases sólidas y contar con una
perspectiva de desarrollo de gran alcance.
En la Marchesi di Barolo había en verdad otra figura más cuya actividad resultó
de extrema importancia, la del contador Franco Vivaldo. Oriundo de Dogliani,
fue el eje organizativo y de mercado que contribuyó a un desarrollo cada vez
más global de la empresa.
En la bodega Borgogno —continúa Luciano— me encontraba realmente bien y también por eso nunca sentí la tentación de volver a casa a hacer el oficio de mi padre.
Al recordar aquellos años, Luciano experimenta algo parecido al orgullo: "Durante el servicio militar decidí dejar la bodega Borgogno y pasarme a la Marchesi di Barolo.
Mientras tanto había sucedido algo inesperado. De repente los ojos de Luciano se abren y dejan entrever nuevas emociones.
El encuentro con Mariuccia resultó ser pronto prometedor. Es cierto que sus caracteres eran muy diferentes, pero poco a poco se fueron integrando.
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