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por una historia que entrelaza a un hombre, su tierra
y la familia que custodia su legado.
Mientras tanto había sucedido algo inesperado. De repente los ojos de Luciano
se abren y dejan entrever nuevas emociones: "Mariuccia Allario, de
nombre civil María Giuseppina, mi esposa, es la otra mitad de mi cielo.
La conocí hacia finales de 1966. Ella no era de Barolo ni tampoco de los
pueblos inmediatamente vecinos".
Mariuccia había nacido en 1950 en Cuneo, en el
seno de una familia de Murazzano, en aquellas Altas Langhe dedicadas sobre todo
a la cría de ganado con una predilección particular por las ovejas. De su leche
se producía ya entonces en aquellas colinas un típico queso fresco que en los
años noventa del siglo veinte adoptaría la denominación "Murazzano", precisamente
igual que el pueblo.
Mariuccia había llegado muy joven a Barolo para trabajar
en la casa privada del Cav. Cesare Borgogno y su esposa María Chiavassa.
Llegó a Casa Borgogno en abril de 1966. A pesar de su corta edad —tenía apenas
16 años—, había revelado enseguida muchas ganas de trabajar, demostrando en la
práctica que sabía mantener la casa en perfecto orden. Por otro lado, en casa,
en Murazzano, había recibido las enseñanzas justas de sus padres Rina y Eugenio,
y no hacía sino ponerlas en práctica.
La suya era una familia sencilla, acomodaticia y tampoco demasiado pudiente,
como ocurría en tantas casas de las Altas Langhe de entonces. Cuando llegó a
Casa Borgogno, se quedó asombrada ante la belleza de la vivienda, la riqueza
de los detalles, la magnificencia de los muebles y enseres.
Para contar cómo se conocieron él y Mariuccia nos fiamos de nuevo de las
palabras de Luciano:
"Mi madre también frecuentaba Casa Borgogno por una colaboración esporádica
que hacía con cierta señora Ida, que era la sobrina de los señores Borgogno.
Así mi madre y Mariuccia se conocieron, empezaron a tratarse, y unos meses
después mi madre invitó a Mariuccia a venir a visitarla a nuestra casa.
Cuando vino la primera vez, yo no estaba. Solo estaba mi hermano Bruno. De mí
no sabía nada. Solo sabía que mi madre, además de Bruno, tenía otro hijo".
Mariuccia y Luciano se conocieron unos meses después y, en aquella ocasión,
el resultado del encuentro no fue de los más entusiastas: ella era extrovertida,
alegre, hablaba con gusto (era un poco "bertavela", como a ella misma le
gusta definirse). Él en cambio era reservado, hablaba poco, "estaba un poco en
su mundo", como se dice por aquí. A los ojos de quien no lo conocía podía
incluso parecer huraño o demasiado reservado.
Normalmente no era así. Pero en aquella época vivía en un estado de ánimo
pasajero que lo hacía "sombrío". Y tenía sus razones. En efecto, al
volver del servicio militar, había descubierto que su madre esperaba otro
hijo, lo que de alguna manera le había molestado. Pero no por los
celos del hermanito que estaba por llegar. Lo veía como una situación fuera
de lugar y pensaba que quizás ese niño —llegando a una familia donde solo
había hermanos adultos— probablemente no se encontraría bien.
En la práctica, luego no fue así.
"Al contrario —precisa Luciano—, con mi hermano Luca nunca
hubo problemas, y la sinergia entre nosotros fue siempre hermosa
y apasionante".
En la bodega Borgogno —continúa Luciano— me encontraba realmente bien y también por eso nunca sentí la tentación de volver a casa a hacer el oficio de mi padre.
Al recordar aquellos años, Luciano experimenta algo parecido al orgullo: "Durante el servicio militar decidí dejar la bodega Borgogno y pasarme a la Marchesi di Barolo.
Mientras tanto, en 1966, concretamente el 23 de abril, se promulgó el decreto del presidente de la República Giuseppe Saragat que reconocía la Doc al Barolo.
El encuentro con Mariuccia resultó ser pronto prometedor. Es cierto que sus caracteres eran muy diferentes, pero poco a poco se fueron integrando.
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