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por una historia que entrelaza a un hombre, su tierra
y la familia que custodia su legado.
Tras la feliz experiencia de 1982, Luciano no dejó de participar en el Vinitaly de Verona y
así logró encontrarse y conocer a muchos operadores y apasionados, sobre todo italianos. Poco
a poco, creó una buena red de distribución de sus vinos en Italia. Y sobre esta base fue capaz
posteriormente de construir su mercado también en el resto del mundo. Poco a poco empezó a
vender también fuera de las fronteras nacionales.
En particular, gracias a Gabriele Cionini, un toscano de Pisa trasladado a París, Luciano
empezó también a vender en Francia. Con la colaboración de Cionini también había comenzado a
revisar su etiqueta. Cionini era diseñador gráfico de formación y así ideó la nueva etiqueta
de Luciano, la que se utiliza todavía hoy con ese rectángulo azul que con el tiempo se ha convertido en el
símbolo gráfico de la empresa.
“Pero le tenía tanto cariño a mi primera etiqueta –confiesa Luciano– que me costaba incluso
pensar en cambiarla. Cionini tuvo que insistir mucho para que aceptara la idea de una nueva imagen
gráfica y, después, para convencerme de utilizarla. De hecho, la dejé sobre una mesa a la espera,
como si hicieran falta más valoraciones o comparaciones posteriores. Y cuando me decidía a enseñársela
a algún cliente o colaborador, me volvía aún más inseguro. Parecía que hacía todo lo posible para
que no me gustara: las opiniones de mis interlocutores solían ser discordantes y esto me generaba
aún más incertidumbre. Lo extraño es que en la empresa todos los demás estaban a favor de ese cambio
de imagen. El más reacio –sobra decirlo– seguía siendo yo. Un buen día, finalmente, mi resistencia cedió.
Quienes me convencieron fueron los jóvenes, Luca y Barbara. Poco a poco, acepté pasar de la etiqueta
en uso a la nueva. El debut definitivo de la etiqueta “Cionini” tuvo lugar con el Barolo Cannubi Boschis de 1985, que salió al
mercado en 1989. El uso del nuevo diseño en los demás vinos fue más gradual. Comencé con el Dolcetto d’Alba,
que entonces tenía un gran atractivo para los consumidores, y luego seguí con el Nebbiolo d’Alba Valmaggiore y el Barbera d’Alba”.
Fue también a través del cambio de etiqueta como Luciano dio una señal de renovación y de
modernidad. No era solo una cuestión estética, sino el testimonio de una voluntad precisa de estar
al día con los tiempos, de enfrentarse a un mundo que estaba cambiando rápidamente.
Al mismo tiempo, la participación en ferias y encuentros internacionales le permitió comprender
mejor las necesidades de los consumidores extranjeros. Comprendió que el Barolo era un vino que
necesitaba tiempo para ser entendido, pero que una vez conquistado, el consumidor se convertía en
un fiel seguidor.
“El trabajo de promoción –concluye Luciano– fue agotador pero muy gratificante. Ver que mis
vinos eran apreciados en Londres, Nueva York o Tokio me llenaba de orgullo. Comprendía que
mi sueño se estaba haciendo realidad. Pero no por ello me sentía realizado. Sabía que aún
quedaba mucho por hacer, que había que seguir mejorando cada pequeño detalle, tanto en el
viñedo como en la bodega. Porque la perfección no existe, pero la búsqueda de la calidad debe ser
continua e incansable”.
Estos años de finales de los ochenta y principios de los noventa fueron para Luciano Sandrone años de grandes
cambios y de grandes satisfacciones. La empresa era ya una realidad reconocida y apreciada,
un ejemplo de cómo la pasión y la seriedad pueden llevar a resultados extraordinarios.
Y lo mejor estaba por llegar.
Mientras tanto, en la primavera de 1986, un gravísimo escándalo sacudió el mundo del vino, con especial epicentro en el Piamonte: había estallado el caso del metanol. Fueron días muy difíciles para todo el sector.
En los años ochenta del siglo XX, empezaron a celebrarse en la zona de Alba diversos congresos, encuentros e iniciativas de profundización sobre temas técnicos y de mercado de los vinos del territorio.
Mientras tanto, la demanda del mercado crecía y los vinos de Luciano gustaban. Así –de acuerdo con la familia– decidió buscar otras uvas para vinificar.
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