4.2 El productor Luciano Sandrone

En los años ochenta del siglo XX, empezaron a celebrarse en la zona de Alba diversos congresos, encuentros e iniciativas de profundización sobre temas técnicos y de mercado de los vinos del territorio.
Desde el punto de vista técnico, en aquel periodo, el problema más grave era el de la oxidación. Había, en general, un enfoque productivo que parecía favorecer este defecto: se venía de décadas en las que los vinos –incluso el Barolo y el Barbaresco– se consideraban mejores si sabían a viejo.
Incluso había quien hacía todo lo posible por acentuar este aroma a viejo en sus vinos. El paso del «vino que sabía a viejo» al vino oxidado era corto y así –aun sin quererlo– muchos productores se encontraron con este defecto evidente en sus productos.
Habría bastado con privilegiar el carácter original de los vinos de Langa y Roero –afrutados y capaces de resistir el paso del tiempo– para evitar inflexiones negativas que los penalizaban. Pero era necesario racionalizar este carácter intrínseco de los vinos piamonteses y esto no resultaba fácil en un periodo en el que la calidad de un Barolo a menudo se había malinterpretado.
Y, además, estaban los temas del mercado, a los que hasta entonces se había prestado poca atención.
En esencia, en la base de esta carencia había dos motivos: en primer lugar, existía la opinión general de que bastaba con producir vinos de buen nivel y que estos se venderían solos; además, el mercado más exigente y cualificado, el de la exportación, para las pequeñas empresas agrícolas y artesanales apenas daba sus primeros pasos, mientras que hasta ese momento había sido transitado principalmente por realidades productivas de gran tamaño, a veces industriales, otras comerciales.
Muchos organismos promovían estos encuentros con pequeños y jóvenes productores, empezando por la Confcoltivatori y siguiendo por el Consorzio di Tutela del Barolo e Barbaresco, ambos presididos entonces por una gran personalidad del territorio, el senador Giovanni Giraudo. Pero, además de estos organismos, había muchos técnicos valiosos que intentaban aportar elementos de modernidad en el viñedo y en la bodega.
En este contexto tan dinámico, Luciano empezó a frecuentar estos encuentros y a intercambiar impresiones con otros productores de su edad. Entre ellos, había también un grupo de jóvenes amigos, unidos por la pasión por el vino y el deseo de mejorar sus conocimientos. Eran quienes más tarde se convertirían en los protagonistas del «renacimiento» del Barolo.

“En aquellos años –recuerda Luciano– había muchas ganas de hacer cosas y de aprender. Nosotros, los jóvenes, nos reuníamos a menudo por las noches para discutir técnicas de vinificación, de maderas, de temperaturas. Nos intercambiábamos botellas, las catábamos juntos, intentábamos comprender dónde podíamos mejorar. No había celos, sino una sana competencia y muchas ganas de colaborar. Recuerdo con placer los encuentros con Elio Altare, Domenico Clerico, Enrico Scavino y muchos otros. Cada uno de nosotros tenía su idea, su sensibilidad, pero todos estábamos de acuerdo en un punto: debíamos elevar la calidad de nuestro vino para poder competir en los mercados mundiales. El mercado internacional estaba cambiando y no podíamos quedarnos atrás”.
En particular, fue fundamental el viaje que algunos de estos productores realizaron a Borgoña en 1983. Aquel viaje les abrió los ojos a una forma distinta de entender la viticultura y la enología, basada en la puesta en valor de los «cru» individuales y en un cuidado obsesivo por los detalles.
“Ver cómo trabajaban en Borgoña –continúa Luciano– fue para nosotros una auténtica revelación. Comprendimos que nosotros también teníamos territorios extraordinarios, que debían gestionarse, sin embargo, con una conciencia diferente. Volvimos a casa con muchas ideas nuevas y con ganas de ponerlas en práctica de inmediato”.
Pero no fue fácil que los productores de más edad, ligados a una tradición a la que le costaba renovarse, aceptaran estas novedades. Hubo discusiones encendidas, a veces incluso enfrentamientos generacionales. Pero el camino estaba trazado y ya no se podía volver atrás.
Luciano, en este recorrido, mantuvo siempre su calma y su equilibrio. No era un revolucionario en el sentido estricto del término, sino un innovador atento, capaz de atesorar la tradición para mirar al futuro.

“Yo siempre he intentado mediar –confiesa Luciano– entre lo viejo y lo nuevo. Nunca me han gustado los extremismos. Creo que la fuerza del Barolo reside precisamente en este equilibrio entre su historia milenaria y la capacidad de renovarse continuamente. En aquellos años ochenta, nosotros solo intentamos devolver la dignidad a un vino que corría el riesgo de perder su alma”.
El papel de Luciano en aquellos años también fue importante por su capacidad de diálogo e intercambio. Todos lo estimaban por su seriedad y por su competencia técnica. Y esto lo llevó a ser uno de los puntos de referencia de aquel grupo de jóvenes productores que estaba cambiando el rostro de las Langhe.

4.1
Salir fortalecido de los problemas - El Productor

Salir fortalecido de los problemas

Mientras tanto, en la primavera de 1986, un gravísimo escándalo sacudió el mundo del vino, con especial epicentro en el Piamonte: había estallado el caso del metanol. Fueron días muy difíciles para todo el sector.

4.3
El desarrollo continuo - El Productor

El desarrollo continuo

Mientras tanto, la demanda del mercado crecía y los vinos de Luciano gustaban. Así –de acuerdo con la familia– decidió buscar otras uvas para vinificar.

4.4
La mejora de los detalles - El Productor

La mejora de los detalles

Tras la feliz experiencia de 1982, Luciano no dejó de participar en el Vinitaly de Verona y así logró encontrarse y conocer a muchos operadores y apasionados, sobre todo italianos.

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