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por una historia que entrelaza a un hombre, su tierra
y la familia que custodia su legado.
Mientras tanto, la demanda del mercado crecía y los vinos de Luciano gustaban. Así –de acuerdo con la familia– decidió buscar otras uvas para vinificar. La solución óptima pareció ser de inmediato la de ampliar los viñedos de propiedad. En aquel período –entre finales de los años ochenta y principios de los noventa– la compra de partidas de uvas de calidad empezaba a ser difícil. Por otro lado, para Luciano y también para Luca, la compra de uvas para vinificar nunca fue una solución óptima. Habrían preferido producir ellos mismos las uvas, pero las cosas se estaban complicando: por un lado, los viñedos en venta se estaban reduciendo drásticamente y, por el contrario, los precios seguían subiendo. Además, para superar las dificultades relacionadas con los llamados “derechos de tanteo”, era necesario recurrir a los clásicos contratos de arrendamiento, pero para los Sandrone no era una solución grata.
Así, decidieron seguir seleccionando algunos viñedos considerados merecedores de atención para luego proceder a su eventual compra, evitando atajos y compromisos. El objetivo estaba claro: crecer con la gradualidad adecuada para dar a la bodega un potencial vitícola apropiado y “sin dar un paso más largo que la pierna”.
Es cierto que el origen de Luciano no era campesino, pero a fuerza de trabajar en contacto con la tierra, a fuerza de razonar sobre los temas de la agricultura, un poco de esa sana filosofía campesina empezaba a pertenecerle y, por lo tanto, no fue difícil adquirir ese sabio “modus operandi”.
El trienio 1988, 1989 y 1990 fue el de la consagración definitiva de los vinos de Langa y Roero también a nivel internacional. Tras infinitas discusiones, proyectos concretos de valorización y posteriores profundizaciones en el conocimiento, aquellas tres añadas de gran calidad empezaron a atraer a las colinas del Barolo a decenas y decenas de consumidores apasionados que poco a poco decretaron la pertenencia de este vino al gotha mundial, capaz de medirse con los más grandes vinos del mundo.
“Los primeros años noventa –recuerda Luca– fueron realmente entusiasmantes. El mercado estaba en ebullición y nosotros estábamos listos para aprovechar las oportunidades que se presentaban. En aquellos años compramos nuevos viñedos, como los de Valmaggiore en el Roero, que para nosotros representaban un desafío nuevo y estimulante. Luciano siempre buscaba la excelencia y nunca se conformaba. Quería que cada viñedo diera lo mejor de sí mismo, que cada botella contara la historia de su territorio”.
En aquel período, la bodega de Luciano empezó a quedarse demasiado pequeña para las nuevas necesidades de producción. Se hacía necesario pensar en una nueva estructura, más funcional y moderna. Pero para Luciano la bodega no debía ser solo un lugar de producción, sino también un espacio donde acoger a los amigos y apasionados, donde poder hablar de vino con total tranquilidad.
“La vieja bodega era nuestra casa –dice Luciano– pero comprendíamos que ya no podíamos seguir allí. Había necesidad de espacio, de racionalidad. Pero quería que la nueva bodega fuera, de todos modos, un lugar cálido, acogedor, que no perdiera esa atmósfera familiar que siempre nos había distinguido. Así empezamos a pensar en el proyecto de una nueva bodega en Barolo, que pudiera representar la culminación de nuestros sueños”.
Ese proyecto tomaría forma solo unos años después, pero las bases se habían sentado precisamente en aquel período de gran desarrollo estratégico. La bodega de los Sandrone se estaba convirtiendo en una realidad sólida, estimada en Italia y en el mundo.
Y el mérito era todo de esa pasión contagiosa, de esa seriedad en el trabajo que Luciano había sido capaz de transmitir a su familia y a todos sus colaboradores. El camino estaba ya despejado hacia nuevas y prestigiosas metas.
Mientras tanto, en la primavera de 1986, un gravísimo escándalo sacudió el mundo del vino, con especial epicentro en el Piamonte: había estallado el caso del metanol. Fueron días muy difíciles para todo el sector.
En los años ochenta del siglo XX, empezaron a celebrarse en la zona de Alba diversos congresos, encuentros e iniciativas de profundización sobre temas técnicos y de mercado de los vinos del territorio.
Tras la feliz experiencia de 1982, Luciano no dejó de participar en el Vinitaly de Verona y así logró encontrarse y conocer a muchos operadores y apasionados, sobre todo italianos.
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