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por una historia que entrelaza a un hombre, su tierra
y la familia que custodia su legado.
Mientras tanto, en la primavera de 1986, un gravísimo escándalo sacudió el mundo del vino, con especial epicentro en el Piamonte: había estallado el caso del metanol. Fueron días muy difíciles para todo el sector. Imaginad lo que supuso para las pequeñas realidades que estaban dando sus primeros pasos, como la nueva bodega de Luciano. Es cierto que ellos no pertenecían a ese grupo de productores sin escrúpulos que habían envenenado el vino, en parte por ignorancia y en parte por codicia, pero el vino en su conjunto acabó bajo acusación. Los periódicos y la televisión se sumaron a la ola con actitudes a menudo sensacionalistas. Se metió a todos en el mismo saco e incluso para los productores de calidad fue difícil no sufrir el ultraje. Las instituciones, públicas y privadas, cerraron filas e intentaron distinguir la producción seria de la más despreocupada, pero para un consumidor no demasiado preparado seguía siendo difícil separar lo podrido de lo sano.
Además, las reacciones de los mercados internacionales complicaron aún más la situación: muchos países extranjeros aplicaron restricciones a la importación de vinos italianos, introduciendo a menudo la obligación de análisis y certificaciones adicionales en un intento de frenar el fenómeno. Pero estas barreras adicionales complicaron todavía más la situación, especialmente para las pequeñas empresas. Por culpa de unos pocos filibusteros, pagaban muchos. Y se necesitaría mucho tiempo para superar esa fase tan crítica.
El recuerdo de aquellos años y de aquel grave incidente en el camino permaneció vivo durante mucho tiempo en la mente de los productores. Incluso ahora, años después, la amargura se mezcla con la rabia.
“De vez en cuando –recuerda Luciano con un velo de tristeza– aquel maldito escándalo del metanol me vuelve a la mente y todavía me duele. Pensar que había invertido todos mis ahorros en mi actividad, que siempre había intentado dar lo mejor de mí, con honestidad y compromiso, y que todo se pusiera en duda por culpa de unos delincuentes, me hería profundamente. Pero luego, pasado el momento de desánimo, intenté reaccionar. Comprendí que la única solución era hacer entender a los clientes y al mercado que nosotros éramos diferentes, que el nuestro era un producto sano, limpio, expresión auténtica de nuestra tierra. En aquellos años de barro, debíamos emerger con la fuerza de nuestra seriedad. Y así fue. Poco a poco, los clientes que nos conocían volvieron a visitarnos y el mercado recuperó la confianza. Paradójicamente, aquel escándalo sirvió para hacer limpieza y dejar que surgieran los productores de calidad, aquellos que trabajaban con conciencia y respeto por el consumidor. Salimos de aquel túnel más fuertes y conscientes que antes”.
En ese contexto tan difícil, fue fundamental la ayuda de algunos colaboradores y amigos, que siguieron creyendo en el trabajo de Luciano. Pero, sobre todo, fue importante su tenacidad, su deseo de no rendirse nunca ante las dificultades.
“En aquellos momentos –interviene Mariuccia– Luciano fue un león. Nunca se dejó abatir y siguió trabajando en la viña y en la bodega con una determinación increíble. Siempre me decía: ‘Verás, Mariuccia, que la gente comprenderá que trabajamos bien. Al final, la calidad siempre compensa’. Y tenía razón”.
Superada la crisis del metanol, la empresa retomó su marcha. Pero aquella lección quedó grabada en la memoria de Luciano y de toda la familia: la calidad no es solo un objetivo técnico, sino un valor ético imprescindible, el único capaz de garantizar la supervivencia y el éxito de una pequeña empresa agrícola.
Fue precisamente en esos años cuando Luciano empezó a pensar en nuevos proyectos, en nuevos viñedos que comprar, en nuevos vinos que producir. El deseo de crecer no había disminuido, al contrario, se había fortalecido.
En los años ochenta del siglo XX, empezaron a celebrarse en la zona de Alba diversos congresos, encuentros e iniciativas de profundización sobre temas técnicos y de mercado de los vinos del territorio.
Mientras tanto, la demanda del mercado crecía y los vinos de Luciano gustaban. Así –de acuerdo con la familia– decidió buscar otras uvas para vinificar.
Tras la feliz experiencia de 1982, Luciano no dejó de participar en el Vinitaly de Verona y así logró encontrarse y conocer a muchos operadores y apasionados, sobre todo italianos.
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