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por una historia que entrelaza a un hombre, su tierra
y la familia que custodia su legado.
Quizás fue su índole de “caminante solitario”, quizás fue su deseo de ponerse a prueba y compararse cada día con nuevos retos, pero hay que reconocer que desde que empezó a proyectar su empresa – aun dejándose involucrar en este grupo asociado y aun revelándose convencido de la bondad de aquel proyecto – Luciano mantuvo siempre su estilo en cierto modo “reservado”.
Así, trabajando duro a diario y de forma muy lúcida, poco a poco se hizo su espacio, creó su identidad, con el fin de ayudar a su empresa a emprender un camino sólido y autorizado.
Como otros productores, Luciano tenía dentro de sí su proyecto, fruto de su sensibilidad, de su modo de concebir la vida y la actividad: gracias a este modo de ser y de actuar, Luciano, paso a paso, identificó su trayecto y lo emprendió con el único fin de exaltar sus expectativas de identidad, de imagen y de filosofía productiva.
Con este ser suyo un “caminante solitario” no quería ciertamente renegar de los pasos dados con los demás, sino solo responder a esa necesidad de un espacio privilegiado propio, en busca de su identidad y de su cualificación.
“Sobre todo, – subraya Luciano – me gustaba la idea de que mis vinos se vendieran solo en lugares muy seleccionados, de modo que mercado y producción pudieran encontrar la sinergia adecuada para reforzar la identidad y la imagen de mi empresa”.
Como sucede a menudo, también en casa Sandrone en el giro de pocos años la estructura productiva gradualmente se consolidó, las exigencias se multiplicaron y las perspectivas se hicieron cada vez más estimulantes. En la familia se advertía la necesidad de nuevas colaboraciones en el frente del mercado y de la promoción de su identidad. Se daban cuenta de que no tenían en casa las profesionalidades necesarias ni la formación útil para organizar un mercado adecuado a los caracteres que la empresa mientras tanto iba perfilando. Crecían las viñas, aumentaban no tanto las etiquetas sino más bien los números de cada vino.
Por ello, tras haber realizado un profundo trabajo de investigación, a principios de los años dos mil Luciano encontró la colaboración profesional que le convenía y que en perspectiva respondería a sus deseos de crecimiento, orientando a la empresa a recorrer de manera autorizada los mercados del mundo.
“Creo que para mí fue una gran suerte – confiesa Luciano – conocer a un profesional como Franco Vincitori y, sobre todo, que aceptara trabajar con nuestra empresa. Lo conocía desde hacía tiempo, sabía que era un operador de mercado muy profesional y sobre todo que estaba dotado de una gran sensibilidad cualitativa. De entrada, ni siquiera me atrevía a pensar que un hombre de tal valor y experiencia y con los grandes resultados conseguidos en todas partes donde había trabajado pudiera aceptar colaborar con nosotros. En cambio… A veces la realidad te sorprende y supera la fantasía…”.
Franco Vincitori era de San Vincenzo al Mare, en el litoral de la provincia de Livorno. Su último compromiso profesional había sido en la Tenuta Ornellaia, en el corazón de la Toscana. Alcanzada la edad de jubilación, fue él quien se propuso, dando a Luciano plena disponibilidad para colaborar con él para hacer crecer ulteriormente y de forma específica la empresa. Al principio Luciano no se lo creía. Después, comprendió que Franco iba en serio y así compartieron un camino de gran satisfacción que continuó durante una decena de años. Y fueron años estratégicos, fundamentales para la afirmación definitiva de la Azienda Agricola Luciano Sandrone.
Así, la empresa Sandrone empezó a trabajar mercado por mercado, seleccionando en todas partes al mejor socio y más coherente con su estilo, poniendo en valor los caracteres de sus vinos y las expectativas reales de desarrollo. Un trabajo que continuó con la colaboración profesional de Anna Rech, que todavía hoy se ocupa de la exportación de los vinos Sandrone.
Gracias a la colaboración mutua, poco a poco se abrieron paso e empezaron a encontrarse y conocer a muchos restauradores, operadores de hostelería, personas dedicadas al servicio del vino en diversas zonas de Italia y del mundo.
Como hemos recordado anteriormente, el final de la década de los noventa del siglo XX coincidió con tres añadas vitivinícolas de espectacular valor y calidad: 1988, 1989 y 1990.
No sabemos si aquellos encuentros realizados en la Confcoltivatori y la sinergia que poco a poco se consolidaba entre estos pequeños productores fueron los precursores de lo que en las décadas sucesivas ocurriría en el mundo vitivinícola de las Langhe y el Roero.
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