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por una historia que entrelaza a un hombre, su tierra
y la familia que custodia su legado.
Mientras tanto, la mirada de Luciano empezaba a abrirse al mundo,
tanto a nivel organizativo como de promoción y mercado. Es él mismo quien nos lo
cuenta: "En aquel período, me hacía seguir para mis compromisos administrativos y
fiscales por la sede de Alba de la Confcoltivatori, la que hoy se denomina
Confederazione Italiana Agricoltori (CIA). En la sede de la CIA se celebraban a
menudo reuniones informativas y organizativas dedicadas por un lado a los tiempos
de la producción y, por otro, a los del mercado. En la sede de la CIA conocí a
muchos productores vitivinícolas de Langa y del Roero. Entre ellos, siempre recuerdo
con agrado la figura de Renato Cigliuti de Neive, con quien desarrollé con el tiempo
una agradable amistad y una buena colaboración. Se me parecía en el carácter: como
yo hablaba poco, era muy reflexivo, apreciaba la estrategia de los pequeños
pasos".
Para hablar de aquellos años, de las dificultades cotidianas y de las iniciativas que
habían emprendido junto a Luciano, resultó muy revelador el encuentro con el propio
Renato Cigliuti. Es él quien rompe el hielo y comienza a hablar.
"En 1978," —recuerda Cigliuti— "en ese mundo en ebullición
en la Confcoltivatori llegó un personaje destinado a provocar una notable
aceleración en nuestro proceso de desarrollo: era Giorgio Rivetti,
quien entonces, como enólogo técnico, desempeñaba las funciones técnicas de apoyo
a las empresas asociadas a la Confcoltivatori. Yo conocía a su padre —"Pin der
Mancin"— como lo llamaban por apodo, cuyo nombre era Giuseppe Rivetti. Tenía una
empresa vitivinícola en Castagnole delle Lanze y producía sobre todo Moscato d'Asti.
Dinámico como era ya entonces, Giorgio Rivetti se había propuesto crear junto a
otros productores vinculados a la Confcoltivatori un grupo asociado para empezar
a promover los vinos de las pequeñas empresas en los distintos mercados. Nacido
como una idea por verificar, el proyecto de crear un grupo asociado dio poco a poco
sus primeros pasos ya en ese 1978: Bartolo Mascarello y Luciano Sandrone
representaban el Barolo, Sergio Vezza, Luigi Pelissero y el que suscribe el
Barbaresco, y los hermanos Damonte el Roero. A los Rivetti les correspondía
representar el Moscato d'Asti."
Ponerlos a todos de acuerdo no fue fácil: cada uno tenía sus reglas que proponer y
hacer respetar, las expectativas eran muchas. Los estatutos eran algo serio y había
que redactarlos bien. Al final, sin embargo, intentaron ser pragmáticos y así ya en
ese 1978 nació la asociación "Piccoli Produttori dei Grandi
Vini del Piemonte" con el objetivo de valorizar las realidades agrícolas de
pequeño tamaño y de promover sus vinos nacidos de la actividad de núcleos familiares
comprometidos en el cultivo de los viñedos y las consiguientes actividades de
bodega.
En 1982, con ocasión de una de esas reuniones, decidieron participar
con un espacio expositivo común en el Vinitaly de Verona, la feria del
vino iniciada algunos años antes y que ya se estaba afirmando como la cita fundamental
para todo el sector vitivinícola italiano.
Mientras tanto, la producción de la pequeña empresa de Luciano seguía creciendo y por
eso comprendió que debía encontrar otras vías, más allá del boca a boca, para vender
sus botellas. Por ello, tras consultarlo con su esposa, decidió adherirse al «proyecto
del Vinitaly» y participar en el stand colectivo para presentar su Barolo en la feria
de Verona.
Pero había otro problema, y de no fácil solución: el Vinitaly comenzaba a mitad de
semana (el miércoles) y concluía el lunes siguiente. Luciano solo podría estar presente
en persona el sábado y el domingo cuando estaba libre de trabajo.
"Dándole vueltas al asunto," —cuenta Luciano— "encontré finalmente la
solución de compromiso: me puse de acuerdo con mi amigo Renato Cigliuti de Neive,
que me sustituiría los días en que tuviera que quedarme en Barolo. Acordamos que
le daría algunas botellas, que él expondría y haría degustar, y —si encontraba
algún interés— el sábado o el domingo yo podría ir a encontrarle para hablar con
los posibles compradores. La sorpresa me llegó el tercer día de feria, el viernes
por la tarde. Con una llamada telefónica, Renato Cigliuti me anunciaba que había
un pequeño y joven operador americano —un tal Marc De Grazia, con
quien trabajaría muchos años después— que estaba interesado en mi Barolo. Al
parecer, querría comprar incluso la partida entera.
Así, el sábado por la mañana partí hacia Verona con mucha curiosidad. Me interesaba
sobre todo profundizar en la situación. Me encontré frente a un chico muy joven,
incluso algo naíf. Todo un personaje diferente del que me había imaginado:
un comprador consolidado y con buena experiencia. Por ello, decidí ganar
tiempo e informé a Marc De Grazia de que necesitaba unos días para decidir.
Acordamos que nos volveríamos a ver en una próxima feria, el BIBE de
Génova, previsto para el noviembre siguiente. Mientras tanto, también
durante mi estancia en el Vinitaly —el domingo concretamente— conocí a otro
importador, esta vez de Suiza, más maduro a mis ojos. Se trataba
de Wyhus Belp AG, con sede en Belp, cerca de Berna."
La curiosa forma en que lo conocieron nos la cuenta el propio Renato Cigliuti:
"En aquellos tiempos, conocía a un ortopedista suizo que cada año pasaba las
vacaciones en el Valle de Aosta. En esas ocasiones, se pasaba por Neive, por mi
bodega, para comprar algunas botellas. Durante ese Vinitaly de 1982, el azar quiso
que lo encontrase precisamente en los pabellones de la feria veronesa. Tras la
mutua sorpresa, los saludos de rigor y algunas cortesías, ese amigo suizo mío me
preguntó si estaba interesado en exportar a su país. Ante mi respuesta afirmativa,
me dijo que le esperase en mi espacio expositivo, donde pasaría con alguien que
probablemente podría ser de mi interés. Así, después de un rato, mi amigo
ortopedista suizo regresó a los espacios expositivos de la Región Piamonte e hizo
que conociera a mí y a Luciano a ese amigo importador suyo. Se trataba precisamente
de Wyhus Belp. Al principio, Belp se mostró dubitativo. No estaba seguro de poder
importar y distribuir con éxito nuestros vinos en Suiza. Tras algunas dudas, decidió
que sí era posible."
"También Wyhus Belp" —interviene Luciano para puntualizar— "quería comprar
mi Barolo. Dado que ya había iniciado mis contactos con Marc De Grazia,
propuse a Belp la compra de la mitad de mi partida de Barolo. Así
acordamos que para el paso decisivo nos encontraríamos en el BIBE de Génova el
noviembre siguiente."
Así, en noviembre de ese año, Luciano se reunió con los dos importadores en el BIBE de
Génova y los convenció de comprar al 50% su Barolo. En cuanto al precio, Luciano fue
intransigente: 8.000 liras por botella (poco más de 4 euros), sin discusión. Así se
sentaron las bases de un trabajo de mercado que con estos dos importadores se confirmaría
en el tiempo durante varios años.
Pero las sorpresas o las incertidumbres no habían terminado. Y es Renato Cigliuti quien
nos desvela algunos aspectos menos conocidos: "Naturalmente, Wyhus Belp no compró
vino solo de Sandrone. También compró de mí y de otros productores del grupo. En
ese momento no nos dimos cuenta de haber destinado a un único comprador una cantidad
de vino de cierta envergadura y por ello, tras algunos días, empezamos a
preocuparnos. «¿Y si no paga?» nos preguntábamos. «¿Qué podríamos hacer?»
Decidimos cortar por lo sano y así fuimos a Suiza a ver cómo y dónde distribuía
nuestros vinos. Por eso unos días después partimos en tren para nuestro
primer viaje a Suiza. Y en pocas horas todo se aclaró. Nos tranquilizamos
y, para celebrar ese trato bien concluido, en alas del entusiasmo fuimos a dar una
vuelta en barca por el lago de Zúrich. Fue una vuelta aventurera, que muchos de
nosotros aún recordamos hoy en día a distancia de tantos años. Una vuelta también
algo arriesgada que no habríamos repetido jamás".
Mientras tanto, los años pasaban. La década de los sesenta terminó, la siguiente comenzaba. El mundo del Barolo continuaba su evolución positiva.
Los recuerdos se agolpan y Luciano cuenta: "Mi primera viña de Nebbiolo para Barolo no era grande, poco más de una hectárea, y su estructura de plantación estaba todavía en razonable estado, hasta el punto de que se podía obtener de inmediato una buena producción.
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y la familia que custodia su legado.