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por una historia que entrelaza a un hombre, su tierra
y la familia que custodia su legado.
En 1952, al cumplir seis años, Luciano empezó la escuela primaria, cursando los cinco años de este ciclo en el castillo de Barolo. Es verdad que el castillo, con su aspecto imponente, imponía un poco, pero para Luciano ir a la escuela resultaba estimulante. Sentía una curiosidad especial por aprender y descubrir. Pronto empezó a dominar la escritura y la lectura, y eso le hacía sentirse todavía más mayor de lo que ya era."En aquellos años, precisa Luciano, me gustaba ir a casa de mis abuelos, en Borgata Pozzo di La Morra. En parte porque mi abuela Annunziata era una cocinera excelente y ya entonces me gustaba disfrutar de los platos tradicionales adecuados. Y también porque mi abuelo Cichin, en otoño, me llevaba a buscar trufas a la localidad de Poretto, en la zona de Bricco San Biagio. Recuerdo que yo era todavía un poco enclenque y, corriendo entre el patio y los campos, me había hecho daño en una pierna. Entonces el Cav. Cesare Borgogno, nuestro vecino, que siempre había mostrado un interés especial por mí, encontró la forma de enviarme a una colonia de verano en Marina di Massa, en Toscana. Estuve allí un par de meses en verano y aprendí a hablar italiano tan bien que, cuando volví a casa, ya no recordaba el dialecto piamontés. Por suerte recuperé rápidamente mis viejas costumbres y el piamontés volvió a ser mi lengua preferida." Al terminar la escuela primaria, llegó el momento de pasar a la escuela media y también para ese recorrido, de acuerdo con su madre y su padre, Luciano decidió continuar en Barolo, en el castillo, donde aquellas escuelas estaban dirigidas por los padres combonianos. Cuando todo parecía dispuesto para seguir con normalidad, hacia la mitad del primer año de escuela media, sin que hubiera señales particulares de problemas, los padres combonianos decidieron dejar Barolo, dejando a Luciano y a sus compañeros en el aire. Fue un auténtico rayo en cielo despejado. Nadie sabía qué hacer: durante algunos días aún quedó la esperanza de encontrar otra solución en el pueblo, pero incluso esa posibilidad fue desvaneciéndose poco a poco. Así que hubo que tomar una decisión. La solución más evidente parecía ser ir a Alba y asistir a la escuela media en la Scuola Vida, pero esa opción no convencía a Luciano y tampoco era del agrado de la familia. Mientras todos buscaban una solución, Luciano descubrió que en Monforte d’Alba existía un curso de Avviamento equivalente a la escuela media, que además ofrecía una especialización particular en materias agrícolas. Luciano no dudó ni un instante. La idea de asistir a aquella escuela de Monforte d’Alba le gustó y así, con el acuerdo de su padre y de su madre, eligió esa opción. Pero el pueblo de Monforte d’Alba no estaba precisamente a la vuelta de la esquina. La distancia desde Barolo era de unos diez kilómetros. No había transporte público y, además, la familia no tenía medios de transporte ni demasiados recursos."Entonces, precisa Luciano con orgullo, decidí ir a Monforte en bicicleta: mi padre recuperó un par de bicicletas bastante maltrechas y con dos bicicletas dudosas consiguió montar una fiable. Así, durante dos años y medio, la carretera entre Barolo y Monforte fue mi pista de entrenamiento además de mi camino de ida y vuelta a la escuela." La escuela de Avviamento de Monforte d’Alba fue estratégicamente importante para Luciano. Allí comprendió cuánto le gustaban la agricultura y sus trabajos. Tuvo un profesor de Alba, de apellido Bonardi, que enseñaba agricultura y le transmitió esa pasión. A medida que avanzaban sus estudios, los temas del cultivo, de la producción agrícola y del trabajo en el campo le resultaban cada vez más afines. Y en el campo, en Barolo, había muchísimo trabajo entre sembrados, prados, hileras de viña y otros cultivos.
Mirando atrás hacia aquellos tiempos, Luciano retoma el hilo de su relato: "En una época en la que las familias eran a menudo numerosas, la mía era pequeña, sencilla y modesta.
Como hemos visto, los orígenes de la familia estaban en La Morra, pero el traslado a Barolo se produjo bastante pronto, cuando Luciano tenía apenas unos meses.
Durante toda la infancia y la adolescencia, e incluso en la primera juventud, Luciano habló siempre poco.
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