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por una historia que entrelaza a un hombre, su tierra
y la familia que custodia su legado.
“Seguramente he heredado la pasión por el vino de mi abuelo. Quién sabe, si no hubiera nacido en una familia dedicada al vino, si habría elegido alguna vez esta actividad para mi vida. Su ejemplo, su pasión, su modo total de dedicarse a la uva y al vino no me permitieron pensar en otra opción de trabajo. Dentro de mí queda un pesar: no haber podido pasar más tiempo trabajando con él y captar plenamente los secretos de su modo de hacer y de ser”.
¿Un recuerdo divertido?
“Claro. Y fue cuando lo lavé de pies a cabeza con vino. Estábamos trasvasando un vino de un tanque a otro. Él gestionaba el chorro para llenar el tanque, yo en cambio tenía que maniobrar la bomba. Estábamos en ambientes diferentes, pero entre nosotros había un acuerdo: si él decía ¡Bòn! (basta en piamontés) tenía que apagar la bomba, si decía Via, tenía que hacerla arrancar. En un momento dado oí su voz y entendí Via, en cambio él había dicho ¡Bòn!. Naturalmente me lo encontré delante todo morado, manchado de pies a cabeza. ¡Se había dado una ducha de Barbera! Su comentario fue lacónico: ¡en 50 años nunca me había pasado algo así!”.
¿La presencia de tu abuelo con el paso de los años? ¿Cómo la has percibido?
“Mi abuelo era expansivo, buscaba para mí lo mejor posible. Estaba atento a mis necesidades.
A veces incluso de modo exagerado. Recuerdo que hubo un periodo que me telefoneaba tres o
cuatro veces al día, hasta el punto que la cosa me parecía un poco exagerada. Estaba en plena
adolescencia cuando te sientes dueño del mundo y querrías que te dejaran libre para tomar
tus propias decisiones…
Recuerdo que a toda costa deseaba que hiciera una experiencia de trabajo en Borgoña;
entonces me puse a buscar una bodega y cuando le dije dónde me habían contratado, se puso a
llorar de felicidad. Era el otoño de 2022, mi abuelo empezaba a no estar demasiado
bien y yo me sentía también un poco a disgusto al abandonar la bodega en plena
vendimia, pero él no quiso oír razones. Me decía que, si no hubiera aprovechado
esa ocasión al vuelo, tal vez no se volvería a presentar y ya no la podría hacer. Y
tenía razón”.
Hay una cosa que siempre me ha fascinado y eran sus manos suavísimas, a pesar de que su trabajo era esencialmente manual.
La montaña es mi pulmón de supervivencia. Pienso que es un gen Sandrone el de ir a la montaña.
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