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por una historia que entrelaza a un hombre, su tierra
y la familia que custodia su legado.
“A su manera sabía hacerse perdonar y regalarnos momentos de calidez y humanidad. Tengo muchos recuerdos al respecto. En particular, vuelvo con gusto a 1978: había tenido un accidente grave. Me había atropellado un coche a la orilla de la carretera y estuve hospitalizada durante meses en el hospital Regina Margherita de Turín. A mi regreso a casa me encontré con una bonita sorpresa. Él sabía que me gustaban las muñecas Barbie y me consiguió una morenita, tal como me gustaba. También recuerdo 1982: acababa de ser operada de apendicitis. En aquella época estaban de moda los Pitufos. En particular no se podía encontrar al gato Azrael y él, con un golpe de suerte y mucha perseverancia, me lo regaló el día que me dieron el alta en el hospital. De estas cosas se puede entender su carácter: duro y severo por fuera, tierno y dulce en el corazón”.
Con el paso de los años, ¿cómo cambió vuestra relación?
“El tiempo pasaba. Yo crecía y también Luca, su hermano, pero que para él era como un hijo. Después de la primaria y la secundaria, asistí al curso de secretaria de empresa con especialidad contable. Luca, en cambio, eligió una escuela que lo preparara para el mundo del vino y así fue a la Escuela Enológica de Alba. Luego decidí que tenía que perfeccionar mi inglés y así pasé mucho tiempo en Oxford, Inglaterra: iba a la escuela y trabajaba como camarera para pagarme la estancia. Nuestra empresa no estaba estructurada y mi papá todavía trabajaba en Marchesi di Barolo, pero yo sentía que mi futuro estaba allí, al lado de mi familia”.
Pero entre medio hubo algo más…
“En efecto, sucedieron otras cosas. Era principios de los años noventa y acababa de regresar de Inglaterra. Descubrí gracias a una amiga que una compañía aérea buscaba personal de temporada. Participé en la selección y fui contratada. Así trabajé más de tres años como asistente de vuelo. En cuanto a mi papá, tuve la impresión de que toleraba poco ese trabajo mío. Y había razones concretas: su empresa estaba creciendo y día tras día el trabajo aumentaba. Había necesidad de colaboración y él estaba impaciente. Yo intentaba colaborar en mi tiempo libre, pero me daba cuenta de que no era suficiente”.
Para Luciano fue una gran satisfacción, pero mientras tanto hubo otros pasos.
Para Luciano fue una gran satisfacción, pero mientras tanto hubo otros pasos.
Al analizar la producción, incluso la actual, de Casa Sandrone, muchos se preguntan por qué se producen tan pocos vinos y por qué entre ellos no hay ni un solo vino blanco.
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